viernes, 21 de abril de 2023

EL SOFÁ

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No sabe cuántas veces ha recolocado el sofá, pero apuesta a que es el que más ha recolocado en su vida. Podría clasificar la duración de sus s relaciones por la cantidad de veces que ha recolocado los colchones o sofás en las casas que ha compartido con sus parejas.

Recuerda que alguno de los primeros sofás ni siquiera tenían un cobertor o, peor aún, recuerda un mal llamado sofá que no eran más que dos pequeños sillones sin brazos juntos.

Luego vinieron sofás con fundas, cobertores, cojines e incluso algún peluche, que perdían su orden y simetría con asaltos salvajes que no llegaban a la cama.

Luego, a medida que pasaba el tiempo, el sofá dejó de ser un lugar ocasional para el encuentro de los cuerpos y pasó a ser el lugar cotidiano de encuentro plácido, con milimétricas caricias y miradas que, ocasionalmente, sí, vuelven a estallar con el ardor de la primera juventud, pero esto es casi más anecdótico que constante.

Hay sofás que te hieren con su espacio cuando te sientas en ellos, sofás hechos para muchas más figuras sedentes, o para egos descomunales. Nunca quiso uno de esos, el sofá ideal siempre fue el que se adaptaba a los cuerpos como un buen traje. Tampoco le han importado demasiado los colores. De colores vivos o más apagados, lo importante siempre fue la ternura con la que podía hundirse en su regazo. Cuando ha llegado a una casa, si se encontraba un sofá en el que no podría dormirse plácidamente, ha pensado desde el principio que tendría poco que hacer. Se podría decir incluso que ha elegido a sus parejas por sus sofás, o que sus sofás le han elegido a él, como una prolongación de ellas. Se podría decir que un sofá es un ser vivo, con extremidades rígidas y pequeños pies, que requiere de seres humanos para perpetuarse, y lograr que le compren otros muebles y objetos. Así aparecen como por arte de magia pequeñas mesas, lámparas rinconeras, escabeles, pufs, centros de mesas, mantas, mandos a distancia, revistas, libros, monedas perdidas, costuras, alfileres, hilos, e incluso alguna personita, que empieza   gatear por él como si lo hubiera creado, y no hubiera sido dado a luz por la pareja que comparte techo.

A medida que pasa el tiempo, el sofá puede ser ensuciado, rasgado, maltratado, zaherido e incluso odiado, pero nunca arrinconado. Seguirá siendo el rey hasta el final, y el último mueble en salir de la casa después de una ruptura será el sofá.

Pero… ¿y si no hubiera ruptura? ¿Si la pareja se encontrara entonces con esa personita de la que hemos hablado, y otra incluso más pequeña, y un perro y un gato? La vida se gasta y también se apacigua la excitación y la pasión. Las sorpresas ya no se escriben con mayúsculas y la aventura se atempera, para enmarcarse en un proyecto común, que incluye a más seres vivos. Entonces el sofá acabará igualmente convirtiéndose en el refugio de la pareja solitaria cuando las personitas han crecido tanto que ya son como ellos, y deciden un día atravesar la puerta para no volver en días, semanas, meses o años. Puede que incluso la otra persona, aquél o aquella que fue elegido por el sofá, acabe desapareciendo, la existencia se consume, no es más que un rayo fulgurante, una pasión inútil si no se encuentra en ella un sofá que valga la pena.

Cuando entonces el ser humano se queda solo otra vez como al principio, la tentación de pensar se ha hecho ya muy mayor es demasiado frecuente como para que no se convierta en la sencilla constatación de un hecho. El hombre o la mujer se refugia entonces en una de las dos esquinas, como si quisiera que el sofá lo abrazara más, como si de este modo se pudiera ignorar el vacío que siente al otro lado, como si no se echara de menos cada pliegue o huella que el otro o la otra dejó en el asiento.

Pasa el tiempo y hasta eso se olvida, y quedan ya solo los recuerdos, la soledad y la locura. Es el momento de plantearse si mereció la pena… y la respuesta también está oculta en los pliegues de ese sofá primero solitario y luego compartido, para volver a encontrarse al fin solo un sofá, descompuesto y recompuesto de nuevo mil veces, adornado y desnudo, confortable y áspero, acogedor e inhóspito, cálido y frío en incontables ocasiones a lo largo de las noches y los días.

La respuesta está siempre en ese sofá.

domingo, 12 de febrero de 2023

Escribir un relato de misterio

               ESCRIBIR UN RELATO DE MISTERIO



Debo decir que nunca, nunca, me presento diciendo que soy gay, pero, dado que para la historia que me dispongo a relatar tiene algún interés, diré que soy un hombre homosexual que pasa de los cuarenta, gran aficionado a la montaña, y también escritor. Pero quizá el lector se haya visto atraído por el título y no le interesen mis aficiones, ni mi orientación sexual, ni mi edad. 

(Queremos hacer un relato de misterio, y primero debemos trazar un esbozo disponiendo los elementos con que elaboraremos la historia. Este relato, por ejemplo comienza  con una presentación de un servidor, el narrador gay algo irónico, continúa con un beso y un frenazo, sigue con una mancha de sangre, entra en escena un psicópata y  termina con el narrador filosofando sobre el azar y el destino en la vida). 

Nuestra excursión no era numerosa. Solo éramos Marga y Pepe, novios recientes, Juan, que era nuestro guía y conductor y un servidor, Miguel, que ejercía el no siempre reconocido papel de copiloto, mientras Marga y Pepe se obtenían el beneficio mutuo de sus labios a plena satisfacción en el asiento de atrás. Volvíamos de escalar el Mulhacén aquel fin de semana y llevábamos unas cinco horas de viaje de regreso en carretera hacia Madrid. Recuerdo que en aquel momento estaba absorto espiando con el espejo del copiloto el nada despreciable beso de tornillo de Marga y Pepe.

Fue más o menos en es momento cuando el coche frenó en seco y todos creímos que el estómago se nos escapaba por la boca. Recuerdo que miré el reloj y eran algo así como las nueve de la noche. Increpamos a Juan, pero él en seguida nos aclaró que el coche había frenado solo y que probablemente teníamos una avería importante, pues no arrancaba de ninguna manera. Y en efecto así era. En realidad, no teníamos un problema, sino dos, porque tampoco nuestros móviles tenían cobertura. Nos encontrábamos en Ciudad Real, no estábamos cerca de ninguna localidad conocida y lo único que el navegador del coche había señalado poco antes de perder también señal era que había una gasolinera con un hotel aledaño, aproximadamente a medio kilómetro. 

(Normalmente la narración de misterio juega con poner a los protagonistas en una situación en la que tendrán que desarrollar sus mejores cualidades para salir de una situación difícil).


    
Nuestra situación era complicada, pero confiábamos en que nuestros móviles volverían a funcionar y nos permitirían salir de aquello. El pequeño hotel tenía, según aseguró Ramón, el chico joven que lo regentaba, diez habitaciones, pero solo nos podía ofrecer ya dos dobles. Tras preguntarle si tenía un móvil, nos dijo tener dos, pero ninguno con cobertura en menos de diez kilómetros a la redonda. Y no tenía internet, era un hotel de baja categoría y él estudiaba una oposición de funcionario de prisiones.

(El narador puede ir diseminando pistas sobre los personajes que el lector avezado debe cazar al vuelo para saber por dónde va a transcurrir la narración).

Marga y Pepe cogieron una habitación y Juan y yo compartimos la otra. Sí, él sabía que yo era gay y no, no le importaba nada; superad vuestros prejuicios homófobos, por favor, antes de continuar leyendo. Por fin podíamos relajarnos un rato. Tras un momento de cierta contrariedad, por fortuna superado, se ofrecía la perspectiva de una noche de descanso, para unos, y de gloriosa intimidad, para otros. 

(Ahora, con cuatro personas descansando plácidamente —o no— porque ninguno de los cuatro quería recorrer diez kilómetros después de subir a la montaña más alta de la península ibérica, necesitamos algo más para animar este relato. Estamos hablando de conflicto). 

Como pude saber más adelante, Marga y Pepe, a pesar de su obvia química recíproca, como yo había comprobado en el coche, estaban en crisis en su relación. Marga era casi una adicta al sexo, y Pepe era una persona mucho más tranquila en ese aspecto (supera algunos prejuicios otra vez, lector, si pensabas que era al revés). Así que Marga le había propuesto serle infiel —pero solo físicamente—, traicionarle —si acaso con su cuerpo—, mientras su alma permanecía unida a él como constructor chanchullero a político corrupto. Ese era —supe más adelante—el origen de la discusión que oíamos al otro lado de la pared.

Mientras, yo compartía con Juan una confidencia sobre que es muy difícil para mí tener una pareja estable, que había sido mi deseo desde siempre. Él me decía que su deseo desde siempre había sido escalar el Everest, hasta que descubrió que se había convertido en uno de los lugares más visitados por cantidad de montañeros tan imprudentes como estúpidos. Pero Juan no siguió despotricando contra los visitantes ocasionales del Everest, pus descubrió algo en el suelo. Se trataba de una mancha de sangre reciente, como mucho del día anterior. Lo sabía porque se acercó a ella y Juan era no solo una de las personas más preparadas físicamente que conozco, sino también un experimentado montañero, curtido en pruebas de supervivencia en la naturaleza, que sabía reconocer una mancha de sangre relativamente reciente cuando la veía. Aquello era sencillamente inaceptable, y decidió ir a la recepción a reclamar. Cuando se fue, debo confesar que apliqué el oído al otro lado de la pared de papel del hotel, para escuchar a Marga.

—¿Por qué te niegas? Pepe, te juro que ni una pequeña parte de mi corazón estará con él 

Según pude escuchar, Marga había elegido a su profesor de yoga para ser infiel a Pepe solo una noche, y después se cambiaría luego de escuela, para no volverle a ver nunca más.
  
—Si haces eso, Marga, yo que tú intentaría volver a verle, porque al que no verás nunca más será a mí. Lo siento, no puedo ceder en esto. Te quiero de verdad. No podría seguir si supiera que lo has hecho. 

—¡Pero yo te quiero también! Pepe, por qué no eres un poco más flexible... 

—¡Me materé si lo haces! ¿Entiendes? ¡No quiero vivir así!

Sé que esto está derivando a una narración propia de una telenovela romántica, así que os ahorraré el resto de la conversación. Solo diré que esperé más de veinte minutos a que Juan volviera; y que cuando decidí ir a buscarle alguien me golpeó y caí inconsciente.
(Tras una referencia a una subtrama sentimental, este tipo de giro causa impacto en el lector, y suele requerir una línea en blanco que se utiliza para indicar el paso del tiempo. El cambio de escenario aporta variedad y conduce la intriga hasta los siguientes sucesos). 


Cuando recuperé el conocimiento, los cuatro estábamos maniatados en una habitación bastante oscura en el que Ramón había cambiado su expresión desde que nos recibiera, y nos miraba con un rostro que reflejaba un gesto alucinado. Iba vestido completamente de negro, llevaba guantes —mi imaginación acelerada me dictó que quizá era para no dejar huellas en nuestros cuerpos— y tenía a sus espaldas algunos instrumentos bastante inquietantes: un rifle, un bate de béisbol, un hacha y una sierra mecánica. Nos dijo, con una voz de sonado que hubiera asustado al mismísimo Norman Bates:

—Estoy aquí para dar cumplimiento a vuestros mayores deseos, que habéis manifestado esta noche. 

No me demoraré en muchos detalles sobre cómo sabía cuáles eran nuestros mayores deseos, o en los intentos que hicimos esa idea delirante de la cabeza 

(El relato de misterio al fin y al cabo es heredero del policiaco, y deja que sea la imaginación del lector la que llene las lagunas). 

Solo explicaré lo que verbalizó. De nuestras conversaciones había deducido que el ma- yor deseo de Juan escalar el Everest, el mío tener pareja, el de Marga acostarse con otro hombre; y el de Pepe, y no ahondaré en cómo llegó a esa conclusión…básicamente morirse. 

—No puedo satisfacer nada que no ocurra dentro de esta hotel, pero todo lo demás comprobaréis que puedo hacerlo.
Ramón cogió en aquel momento su rifle y disparó a bocajarro al corazón de Pepe, que murió en el acto. Este hecho provocó las lágrimas, gritos y rabia instantánea de Marga, que desarrolló una fuerza sobrehumana en aquel mismo momento y, arrastrando con ella la silla, se abalanzó sobre nuestro captor. Aquel tipo tenía reflejos, pues cogiendo con rapidez el bate la derribó de un solo golpe. Me ahorraré detalles de las absolutas tonterías sin sentido que nos dijo y de cómo intentamos razonar con él una vez más. Solo diré que su siguiente acción fue obligarnos a tirar unos dados, a Juan y a mí y que yo gané en aquel juego absurdo (5 y 3 contra 4 y 2). Acto seguido, y con el mismo bate, nos dejó tan inconscientes como a Marga. 

(con una situación si cabe más desesperada y la vida de los protagonistas puestos en riesgo, el relato se desliza hacia su tramo final)

Al despertar, nos dimos cuenta para nuestra desgracia de que estábamos otra vez en una habitación del msmo hotel. Marga yacía desnuda boca arriba en la cama y yo estaba sobre ella, también desnudo, nuestros brazos y pies estaban atados a las patas de la cama y nos había amordazado tan fuerte que ninguno podíamos hablar. Juan nos mira bacon una expresión de rabia desde una esquina de la habitación, inmovilizado con cuerdas y amordazado también. 

—El deseo de esta mujer es tener sexo con otro hombre. Tu deseo es tener una pareja, y has salido ganador en el juego. Os concedo un comienzo para vuestra historia de pareja. Es vuestro momento. ¡Aprovechadlo!

Aquel loco quería que yo me acostara con Marga, adicta al sexo. Aquí debo hacer un paréntesis para decir que nunca en mi vida me he visto atraído por una mujer ni he tenido la menor intención de acostarme con una. Marga me miraba con una expresión de angustia, más por la amenaza de  Ramón que por lo que yo pudiera hacer, que la verdad, podía hacer más bien poco. 

—¡Hacedlo! —repitió— Y cogió estaba vez la sierra mecánica y la puso en marcha. —¡O acabaré con los dos de un solo tajo! —Y de verdad que lo intenté, aunque no era precisamente el tipo de situación relajada y chispeante propicia para el sexo. Pero es que no podía, sencillamente la excitación era imposible por varios motivos. Intenté zafarme de la mordaza, pero no lo lograba. Miré a Ramón, e intenté decirle lo que pasaba, sin que él entendiera nada, hasta que en un momento determinado, en un grito que salió de lo más profundo de mi corazón, conseguí atravesar con el sonido la mordaza y llegar a sus oídos: 

—¡Soy gay! ¡Homosexual!?¿Entiendes? ¡Maricón perdido!—grité. 

Ramón se quedó mirándonos, pero no sabía qué iba a hacer, si matarme solo a mí, a los dos, o acabar con los tres en una orgía de violencia. 

(Esta deriva habría dado mucha truculencia a la historia, pero ninguna resolución lógica, y habríamos perdido a la mitad de los lectores). 

Apagó la sierra mecánica, la dejó caer, se acercó a mí y me quitó la mordaza, luego llevó la mano a mi cara y me observó, con una mirada que no supe como interpretar, hasta que finalmente acercó sus labios a los míos y me dio un profundo beso, que no esquivé, más por sorpresa que por otra cosa, porque el tipo me resultaba repulsivo. 

—Yo también —dijo—. Te he estado esperando tanto tiempo...
   
Mi desesperación llegó a cotas inimaginables. Aquel psicópata estaba enamorándose de mí, y así daba además cumplimiento a lo qué había deducido era mi deseo. No había solución para aquello, estaba sencillamente como una regadera, yo no sabía que hacer, cuando Ramón recordó algo de repente, y dijo:
   
—Entonces,...¡Será el otro el que lo haga con la chica! —y se giró bruscamente. 

Pero solo fue para encontrarse con un cañón que le apuntaba directamente al pecho desde una esquina de la habitación. Por supuesto, era Juan, que se había zafado de sus ataduras, aunque no de su mordaza, y disparó en el acto, atravesó a Ramón el pecho y acabó con su vida. 

(Momento de microsorpresa en que el lector debe asimilar lo que ha leído). 

Luego se quitó la mordaza y dijo:
   
—Con todos los respetos, Miguel, con este tío, mariconadas las justas.
  
Solo diré que aquel día pasaron muchas cosas: Yo corroboré que era tan gay, que ni siquiera para salvar mi vida había logrado tener una erección junto al cuerpo desnudo de una mujer; Marga se quedó sin compañero y a partir de entonces prefirió dejar a sus futuras parejas, antes que demandarles lo que no quisieran darle libremente. Por último, descubrí algo respecto al azar y la naturaleza humana cuando Juan me confesó que él sí hubiera tenido una erección, porque Marga le atraía poderosamente hacía meses; y si el resultado de los dados hubiera sido diferente, probablemente ninguno de los tres habría vivido para contarlo. Aquella noche nos unió para siempre. Seis meses más tarde, Marga y Juan se emparejaron, mis relatos empezaron a tener una impronta violenta que empezó a  granjearme lectores hombres —hasta ahora mi público habían sido mujeres—, pero sobre todo se llenaron de reflexiones acerca del azar y el destino. Porque aquel día descubrí que una simple y fortuita tirada de datos puede determinar nuestro destino para siempre. 

(Y así es, querido lector, como el narrador concluye el relato con una reflexión final).


© Pedro Alcoba González 2022 (excepto la imagen que acompaña el relato, que cuenta con licencia Creative Commons)

viernes, 2 de diciembre de 2022

La dama de hielo y el jaguar (relato al rojo vivo)

 

Como una muñeca desmadejada y sola sobre una cama deshecha. Así era como a Claudia la gustaba que la dejaran después de hacer el amor. En aquellos momentos de liberación quería ser simplemente un cuerpo o, más bien, un organismo que respira. Le habría gustado en aquellos momentos perder aquel molesto apéndice superior que todo lo observaba y analizaba, incluso cuando la acariciaban o besaban. Quería, literalmente, perder la cabeza. Y ahora, tumbada boca arriba, con su molesto apéndice  analítico desplomado en el borde de la cama, observando la pared de la habitación invertida, lo había logrado. Y se quedó allí, sin cubrir siquiera su cuerpo desnudo, por unos momentos.


Claudia era una ejecutiva de éxito. Había ascendido en el mundo de la empresa hasta los puestos directivos, aún copados en su país por hombres, en su mayoría. Y lo había conseguido siendo no solo la mejor con los números, sino también controlando su entorno con precisión milimétrica. Medía cada palabra y estudiaba al detalle a sus colegas, que pronto serían subordinados, o a sus jefes, a los que pronto llamaría colegas. Sus ojos, eran cautivadoramente azules y estaban enmarcados en un óvalo cuidadosamente retocados por el maquillaje, rodeado de una cabellera morena, peinada con decoro pero con rotundidad. Cuando esos ojos se posaban en quien tenían en frente, el observado estaba perdido. Claudia le conduciría hacia el lugar donde ella quería, ya fuera  un cierre de negociación favorable, un acuerdo ventajoso o un ascenso.

Porque Claudia tenía el control siempre, salvo cuando decidía perderlo..

Así había sido también con Marco. A pesar de que ella nunca elegía a hombres cercanos a su entorno empresarial para sus relaciones amorosas, con él había hecho una excepción. Marco era un empresario italiano que dirigía una pequeña empresa a punto de ser absorbida por la multinacional en la que ella trabajaba. Aparte de una seguridad en sí mismo fuera de lo común, Marco tenía un aire depreocupado que le permitía tomar importantes decisiones estratégicas como quien opta por un plato que no ha probado en un restaurante exótico, de manera tranquila y a un tiempo excitante. Por otra parte, el italiano no carecía de atractivo, con una verde mirada magnética, cabello negro y ondulado y un cuerpo curtido en gimnasios de alta gama, que desplazaba con una elegancia parecida a la de un jaguar en la selva.

Pero no fue solo su atractivo, sino sobre todo aquel fondo de despreocupación que percibía el hecho, aparte de que le resultaba divertido llevarse a la cama al director de la empresa que la suya iba a absorber, lo que hizo que Claudia desplegara todas sus armas. Tras una comida de empresa estratégicamente situada en viernes, le condujo primero a un bar de copas y después al hotel de él, queriendo dar la falsa impresión de que él tomaba las decisiones. El sexto sentido del directivo le hizo darse cuenta del juego, supo que ella tenía el control, pero no le desagradó. Siempre había tenido que luchar por delimitar su espacio, luchando por demostrar que su valía no se debía a ser hijo del dueño de la empresa. Llevaba la mitad de la existencia -tenía poco más de cuarenta años- teniendo que demostrar todo a todas horas.  

Que aquella noche fuera otra la que tomaba la iniciativa y las decisiones era para él tan novedoso como excitante. No tendría que conquistarla, solo aparentar que lo hacía, porque esa noche, tras ser conducidos al hotel por un taxista somnoliento, mientras ella le ofrecía sus labios de forma difícil de resistir, sabía que poco después le abriría sus puertas como una ciudad asediada, en la que sus habitantes están deseosos de recibir a sus conquistadores, y lo han preparado todo para organizar, con apariencia de rendición, un glorioso recibimiento.

Así fue. Cuando llegaron a la habitación, ella paseó sus ojos azules por la suite, deteniéndose en cada detalle, y luego se dirigió a la enorme cama de curiosa forma circular mientras se iba despojando e su ropa. Primero cayó su finísima chaqueta torera, que lanzó a un pequeño descalzador a los pies de la cama. Luego se quitó los zapatos maniobrando con los pies, se dio la vuelta y se sentó mirando hacia él, abriendo claramente las piernas bajo su suave vestido de seda azul oscuro.

—Supongo que sabrás que hacer ahora, ¿no? —Fue su primera frase— ¿O es que no tienes lo que hay que tener? —dijo, ladeando la cabeza, juguetona y golosa.

Marco se dirigió hacia ella y la observó desde su altura, solo para luego sentarse a su lado y, mientras ella  inclinaba  su cabeza hacia él  de forma sutil, la levantó el cabello y la besó en el cuello. Aquello la excitó más de lo que esperaba, pero se separó de él y se puso de pie enfrente. Él la levantó el vestido mientras ella se giraba para darle la espalda mientras él se levantaba para acabar de quitárselo, frotando sus nalgas contra el italiano. Luego se alejó de él, por fin desinhibida y salvaje, para rodear la cama en un amago de escapar. Marco la cogió por la muñeca antes de que lo lograra, y mientras se despojaba de zapatos y pantalones dejándolos caer, la lanzó a la cama en la que Claudia cayó, sabiendo que había llegado el momento, y que podía abandonar en algún lugar de su mente la forma de la habitación, las distintas puertas, la distancia al baño, la ubicación de la llave y del teléfono, la posición de los interruptores y las luces, y tantos otros datos registrados para sentirse segura….

—Al carajo con todo! —dijo con una voz inusualmente grave.

Marco se despojó de todo menos la camisa y se arrodilló frente a ella para quitarle cuidadosamente las medias y después las finas bragas de encaje, a pesar de que ella le recriminara por ello, en torno burlón. La intuición del italiano le decía que era el tipo de mujer a la que le gusta que la despojen primero de la parte de abajo y luego la de arriba; y así era, cuando tocó su sexo son sus dedos escuchó un silbido de puro gusto, y cuando él dirigió la otra mano por debajo de su espalda para desabrocharla, se encontró con que la mano de ella le guiaba para ayudarlo, porque si algo le gustaba a Claudia era que la desnudaran.

Fue entonces cuando Marco hizo honor a la naturaleza felina que aparentaba y, tras lanzar el sujetador a un lado como si hubiera dado un zarpazo, empezó a besarla y a morderla por la parte de arriba, allanándose el camino, y cuando llegó a la punta turgente de sus pechos y elevó la cabeza, se enocontró con dos ojos azules que le miraban mientras unos labios pintados de rojo sonreían con diversión.

—Adelante señor, vuestra esclava os espera —dijo Claudia

Y Marco maseajeó el sexo de ella, primero con sus manos, mientras las besaba en los labios abiertos. Estuvo  así largo rato, jugando, y después se acercó y besó sus muslos, cada vez más cerca del centro de placer de ella, pero sin llegar, porque eso lo reservaba para su propio sexo. Cuando parecía que acercaba sus labios a su hendidura,  y ella más lo deseaba sin duda, él la cogió por los brazos para inmovilizarla, Claudia se zafó y empezó a girar sobre si misma alejando su cabeza del centro de la cama porque solo de ese modo podía disfrutar. Marco trató de colocarle una almohada bajo su cabeza.

—¡No! ¡No la quiero! —gritó ella.

Entonces él se dio cuenta de lo que de verdad deseaba y la empujó al borde de la cama, meientras la sujetaba la nuca para que la posición no fuera violenta, al tiempo que trataba de entra en ella. Cuando su miembro estaba a punto de estallar de potencia, ella le agarró los brazos y los hizo colocar al lado de sus hombros, al borde de la cama, conformando una especie de puerta que la cercaba, mientras lanzaba su cabello hacia atrás y este caía por el borde de la cama como una cascada y su cabeza perdía su punto de apoyo. Para no deslizarse del todo, se agarró a los dos brazos de Marco, firmes como dos postes. Aquel era el momento y MArco se dio cuenta, la penetró entonces salvaje y brutalmente, hundiéndose hasta el fondo de aquel cuerpo terso, sedosos y al mismo tiempo firme, y volvió a hacerlo varias  veces, hasta que ella cambió de postura, incorporándose mientras le empujaba con una mano violentamente hacia atrás para quedarse sentada sobre él, mientras Marco asentaba sus muñecas sobre la cama. Luego ella se agarró a sus brazos mientras subía y bajaba sobre su sexo, echando la cabeza hacia atrás y sus pechos hacia delante con tal violencia, que a Marco le pareció que estaba bailando una danza tribal. Pero también se dio cuenta de uqe estaba disfrutando ahora más que nunca, por la sonrisa de puro deleite de su rostro, y los gemidos acompasados, por lo que redobló su empuje para casi atravesarla, tomando por fin el control y el ritmo de la acometida, mientras ella se acompasaba a él, y cuando se dio cuenta de que su sexo estaba totalmente atrapado entre los muslos de ellas, fue cuando cayó en la cuenta de que no se había puesto ninguna protección, un segundo antes de vaciarse por completo dentro de ella, mientras Claudia gritaba de placer y atrapaba sus sexo con más fuerza, manteniéndolo dentro de sí por unos momentos.

Entonces ella se dejó caer hacia un lado y recostó su cabeza otra vez en el borde, incinandola hacia atrás lo suficiente para que su cabello cayeron y se quedara como una muñeca desmadejada y sola, mirando a la pared, invertida a sus ojos, con la mirada perdida, mientras posaba sus blanquísimas piernas sobre el regazo de él.

Marco se quedó sentado como estaba, todavía apoyando sobres sus muñecas, mientras pensaba en el error de bulto que había cometido, y se preguntaba lo que pasaría si ella se quedaba embarazada.

Claudio debió advertirlo por el rabillo del ojo, porque su afán de control volvió por un momento, en este caso en forma de protección hacia él, dándose cuenta de la situación.

—No pensarás que no he tomado precauciones, ¿verdad? Llevo tomando píldoras varias semanas.

Marco no pudo evitar reír con alivio, mientras se dejaba caer a su lado

—Maldita zorra… —susurró

Y ella se sonrió, porque era justo lo que deseaba oír.

© Pedro Alcoba González 2022 (excepto la imagen que acompaña el relato, que cuenta con licencia Creative Commons)


martes, 1 de noviembre de 2022

El gabinete de curiosidades de… Lovecraft?


Después de haber visto el arranque de la última obra de Guillermo del Toro, un verdadero maestro para mí sobre todo del steampunk y director de obras originales y profundas, como El laberinto del fauno o La forma del agua, uno esperaba quizá un poco más. 


La factura técnica, la fotografía e incluso la dirección (en cada capítulo obra de un director distinto) es de un considerable nivel. Ya desde los títulos de crédito y la presentación en persona de Guillermo del Toro, muy en la línea de Alfred Hitchcock presenta, la sensación es quizá la misma que al ver la última brillante obra del director: El callejón de las almas perdidas. En definitiva, que del Toro no inventa nada. En el caso de El callejón de las almas perdidas, mezcla en una coctelera elementos que ya existían, como el cine negro, bañado por los colores vivos de cierto cine de los noventa, y una mirada nostálgica a la época de los años cuarenta, desde las confortables primeras décadas del siglo XXI. 


Sin embargo, no había en ella el originalísimo planteamiento argumental y formal de “La forma del agua”, ni la audaz hibridación de géneros de El laberinto del fauno, que relata un cuento fantástico a la vez que habla de un pasado histórico con todavía mucho peso sobre el presente de España. 


Con El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro, uno esperaría una verdadera obra de autor, con un sello común, en el que, si bien se utilizan los talentos conjugados de distintos directores, solventes técnicos y buenos actores, se ofrece al espectador un producto nuevo y diferente, o al menos una mezcla original como las que ya había aportado en las dos películas anteriormente mencionadas.


Sin embargo, la primera entrega de la serie es una historia con cierta originalidad en el planteamiento (se vende un trastero misterioso sin conocer muy bien su contenido), para luego caer en los tópicos de cierta tradición de cine que mezcla el thriller y el terror. De nuevo el pentagrama, de nuevo el culto satánico, de nuevo objetos con poderes mágicos. Y aunque no se puede negar que es un guion bastante redondo, el capítulo acaba cuando precisamente se ponía más interesante.


La segunda entrega opta claramente no solo por el susto, sino también por el gusto por lo gore y truculento. Ahora bien, si ya en la primera entrega había cierta presencia de Lovecraft (esos libros prohibidos que recuerdan al Necronomicon), en la segunda su presencia es aún mayor (culto pagano a antiguas entidades, seres tentaculares,…)


Ahora bien, si vaciamos las historias de sustos, escenas truculentas y cierta ambientación sórdida,  lo que nos queda realmente original es precisamente eso. Lo inquietante es el culto satánico, o el culto prohibido, o las entidades inenarrables…. en definitiva: Lovecraft. Ahora bien, precisamente donde el escritor de Providence se detiene es donde podríamos decir que empieza la serie.  Porque donde Lovecraft insinúa y narra no siempre directamente, preocupándose previamente en crear una elaboradísima atmósfera, El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro opta por mostrar abiertamente tanto los monstruos como sus truculentas actividades.


En conclusión, diría que lo más original de la serie es precisamente lo que toma prestado a Lovecraft y el resto es una narración que crea un cierto suspense que resuelve luego de manera bastante explícita, efectiva, entretenida y…. carente de verdadera carga de significado.


En definitiva, Guillermo del Toro se ha revelado siempre como un director cuyo objetivo es entretener y ese objetivo lo cumple con creces. Ahora bien, si buscamos cierta carga de significado o un estética unificada a la vez que original, al menos por los primeros capítulos no se vislumbra nada de esto, más allá de los títulos de crédito y la presentación del propio del Toro.


Algo, por otra parte, cada vez más frecuente en las propuestas de entretenimiento de Netflix, que quizá sea el verdadero monstruo que fagocita propuestas creativas originales y las trata de igualar a la baja para gustar a un púbico cada vez más amplio. El que suscribe está cada vez más indeciso respecto a si seguir o no formando parte de ese público.


© Pedro Alcoba González 2022 (excepto la imagen)

miércoles, 12 de octubre de 2022

El día 11/10 presenté mi nueva novela "Hongos y Cenizas"

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ACCEDE AQUÍ AL BOOKTRAILER "HONGOS Y CENIZAS"





Con gran emoción, por el nutrido grupo de asistentes y muchas personas cercanas y queridas, presenté mi segunda novela  "Hongos y Cenizas" el 11/10, en el Bar Cultural Aleatorio (Malasaña, Madrid).

Mi agradecimiento a todos los que lo hicieron posible

Aquí dejo una algunas fotos de la presentación, el booktrailer de la novela y enlace a webs donde se puede conseguir: 


PÁGINA EDITORIAL LIBROS INDIE


CASA DEL LIBRO | AMAZON









sábado, 3 de septiembre de 2022


UN PROFESIONAL

¿Qué tenemos aquí? A ver… Paciente caucásica, cuarenta y tres años, no tiene patologías. A positivo. Es guapa… Debieron pensar lo mismo cuando reconocieron a Marta la primera vez. Que era guapa. Quemaduras de tercer grado, pero se le ha aplicado protocolo de quemados. Estabilizada. ¿Es el atractivo físico lo que nos hace unirnos y emparejarnos de por vida?…No diabética, no hay intolerancias. Pulso estable. No creo que sea solo el atractivo….Treinta y ocho y medio. Presión arterial… normal, curiosamente. Si fuera el atractivo físico tan solo, después de muchas relaciones sexuales disminuiría el vínculo. Pero luego está la oxitocina, que es mayor en los hombres fieles. A ver este. Paciente caucásico, Sobrepeso, pero no obesidad. B positivo. 60 años. Dicen que era un vagabundo. ¿Soy yo oxitocínico? ¿Eso explica mi obsesión con Marta? ¿Y ella?  ¿Solo quería un compañero fiel para procrear? Este hombre huele fatal. Pues tengo que controlarle el pulso. Y no tuvimos hijos. Nunca dijo que quisiera tenerlos. Buscaba cariño en mí, pero hijos no… Qué peste. Tuvo un ataque al corazón, el tipo, y lo pillaron tarde, pero no es hipertenso. Tuvo suerte. Estabilizado. No creo que tenga secuelas. Si no era la promesa de una familia,¿Qué hace el vínculo tan poderoso cuando la persona no está? No es diabético. No tiene intolerancias, que sepamos. Pulso estable. Treinta y seis y medio. Este tío está bien, vamos rápido al siguiente, que huele fatal. Si Marta está muerta, no hay razón para que mis emociones sigan con la misma intensidad. Las emociones están asentadas sobre los instintos, necesitan algo para sostenerse. Dios, como la quiero todavía… Mujer de raza negra, treinta y cinco años. ¿Qué le pasa a esta? Otra quemadura accidental, la trajeron de un piso patera incendiado. Pobre mujer. Quemaduras de tercer grado por todo el cuerpo. Traumatismo. Está profundamente sedada. Es senegalesa, muy esbelta. Marta decía que eran siempre muy guapos, al menos ellos. Ni pizca de obesidad, y cero negativo.  Es diabética, curiosamente. No tiene intolerancias. El pulso es estable gracias a Dios. Temperatura alta.  treinta y nueve y medio. Uff. ¿Y Marta, cómo estaba los últimos meses? ¿Ocultaba sus síntomas? Voy a administrarle otro sedante. Está profundamente dormida, pero no me la quiero jugar….sufriría demasiado. ¿Por qué coño no me lo contaste hasta el final? ¿Por qué me enteré tan tarde?  Debe ser muy guapa, bajo todos esto vendajes, o quizá me lo imagino solo. Quizá lo que me pasa es que tengo una imaginación muy activa. Quizá eso me pasa con Marta. Que la imagino a partir de su recuerdo, la idealizo. La he sedado, ya está. Hemos acabado por hoy. Ahora salgo otra vez. Espero no encontrarme a Roberto. No tengo ganas de hablar. Quítate la maldita bata, cuélgala. Espero que no haga mucho frío. Qué tranquilo es el hospital por las noches. Mi cambio de turno ya está ahí, acabo de verle fichar, Hola, Roberto. “Por fin llega mi final de turno”, le digo. Tontería de trabajo, a veces… Pero es importante. Tenemos que vernos para poder cambiar de turno. Parece frío, pero no llueve. Sí, está frío. Ni un alma. Mis pasos se oyen. Ahí está. Clac. Me gusta el sonido del mando a distancia al abrir. Clac. Clac,  y se abre el coche. Bufff, qué frío. Mejor enciendo la calefacción. Veinte grados. Arranco. Ya salgo, ya vuelvo por fin. Menos mal. Estoy cansado, pero ya se acabó por hoy.  Ahora llegar a casa, y recordar a Marta. Conviviendo con un recuerdo, de alguien que no está, dice Roberto. ¿Qué es eso? El móvil. No sueltes el volante, no lo hagas, la mayoría de los accidentes son al coger el móvil. A ver, un semáforo en rojo. Da igual. No lo sueltes, podría venir un coche descontrolado.   A ver… No lo hagas. Se pone verde, salgo…Voy a parar un momento. Gasolinera. Echaré treinta litros. Mejor veinte. Está muy caro el gasoil. Ya he parado, me levanto. ¿Dónde está la puta tarjeta ahora? No tengo efectivo. El móvil, se me había olvidado debo tener como siete mensajes. La tarjeta, la había cambiado. Venga, cargo. Vente litros.  Ahora esto pita. Pide PIN. Me ha escrito Laura. “¿Qué tal te va el viernes?”. Iconitos sonriendo. Que chica risueña. Si no fuera porque era su amiga… Pita otra vez. Joder, la tarjeta, vale. Cargo gasoil Ya sé que es gasoil. A ver: “Había pensado, por lo que me dijiste la otra vez, que a lo mejor estás libre”. ¿Qué le dije la otra vez? Ni me acuerdo. Ya. Cargado. Abro. Clac. Me meto en el coche. Ya recuerdo, la dije que libro los sábados desde las diez de la noche. Arranca, maldito, te acabo de llenar de gasoil. El plasta de atrás me pita. Que espere. ¿Qué más dice Laura?. Joder, ¿te quieres esperar, tío? “Por qué no tomamos algo en el Silver? Madre mía, qué directa… Vale cafre, ya me voy, deja de pitar. Este va borracho. Arranco, pero espera,  antes mando un mensaje. Espera, cafre. “Me encantaría. Ok, a las 23:00” un momento, ¿Dónde coño está el Silver? Tengo que preguntárselo. El plasta tendrá que esperar más “Oye Marta, me puedes decir dónde…” Joder, tío cafre, ¿a ti que te pasa? ¿¡Qué hace!? ¡Qué diab...!!!


*****


Qué coñazo el turno de noche… Bueno, a ver cuál es el primero… Paciente caucásico, 45 años. A positivo. No está obeso, No es diabético. No intolerancias. Joder, pero si es …  ¡No jodas! No hace ni media hora…. Marcos, ¿Qué te ha pasado, tío?  Me reconoce, dice mi nombre, pero apenas está consciente… Lo han sedado. Accidente de coche, me dice la enfermera. Le han dado pero bien... “Joder, pero si Marcos es prudente”, lo digo en alto, sin darme cuenta. "El que le dio iba hasta el culo de droga", dice la enfermera. Es buena esta chica. Joder, Marcos, cómo te has quedado,... Tienes el pulso estable, pero te ha subido la fiebre a lo bestia. “Tranquilo tío, no te preocupes, de esta sales”. Creo que sí. Tiene avería en la cara, el cuello y las costillas, pero saldrá de esta. Qué mierda que se rompiera el cristal. Con collarín y vendajes, pero sales tío, te lo digo yo... ¿Quién llama ahora? Laura. Joder, tía, que no hace ni dos meses que me mandaste a la mierda, con lo que me costó lanzarme  al principio… Presión arterial normal. “Necesitará sangre. Es A positivo”, le digo a la enfermera. El pulso sigue estable. Laura otra vez. ¡Que no lo puedo coger, joder! A ver Marcos, te voy a sedar más, y te mando directo a quirófano. Ahora pone un mensaje, Laura. Otro, otro… En mayúsculas, se ha vuelto loca. Bueno, vale, le dije que estaría ahí, lo leo rápido y termino con Marcos. Marcos, tío, saldrás de esta, palabra… Te mando a Quintana, que es el mejor, ese te cose en un santiamén . A ver qué coño quieres Laura…  ¿Cómo? ¿Que cómo está Marcos?  “¿Cómo te has enterado?”, le  digo. Tuvo un presentimiento, dice… ¿Por qué pone iconos llorando? Que le diga que le quiere mucho… Joder, Laura, quién lo habría imaginado…  Marcos, tío, esta noche no es la tuya, pero luego a ver si olvidas a tu mujer de una puta vez. Venga, a quirófano. Cuando salgas, una tía de verdad y no un fantasma, como Marta. P'alante tío. Y además simpática que te cagas, una tía cojounda, Laura. Al final a Marcos le va a salir bien y todo. A mí me mandó a la mierda, pero… tío, te va a ir bien, de verdad… “Suerte, tío, de esta salimos”, le digo. Ya se va… Pero tengo que seguir. A ver, el siguiente. Varón, caucásico, joven. Cero positivo, no es diabético ni intolerancias. ¿A este qué le pasó? ¿Cómo? ¿Otro accidente? “No, el mismo, es el del otro coche”, dice la enfermera nueva. Drogadicto de los cojones. Y que tenga que atenderle yo… Si por mí fuera te ibas al otro barrio, cabrón. Quemaduras de tercer grado. Sedado. Qué trabajo de mierda, joder… qué trabajo. Maldito bastardo, te has quedado hecho un ocho, así te dejaba yo. Porque soy un profesional, que si no… Laura, qué rabia, nos hubiera ido bien, pero con Marcos te irá mejor. A ver, capullo, vamos a sedarte más… Porque soy un puto profesional…


© Pedro Alcoba González 2022 (excepto la imagen que acompaña el relato, que cuenta con licencia Creative Commons)

domingo, 7 de agosto de 2022

Diferente

    



    Las pesadillas y temores de las madres embarazadas solo las conocen ellas. Desde que el niño no salga adelante, hasta que tenga alguna malformación, o que nazca enfermo. Todos nacemos con una enfermedad degenerativan inexoreable que afectará a nuestros tejidos, neuronas y órganos internos y se llama oxidación, o vejez, para nombrarlo de otro modo; pero los futuros hombres y mujeres ancianos vivirán en la feliz ignorancia hasta más o menos la mediana edad. Y este es el último de los temores de las madres. 

Sin embargo, el absolutamente irracional temor de Elena no era convencional. Por algún motivo que solo ella conocía, y quizá porque estaba acostumbrada a ver noticias insólitas de bebés o crías de animal desproporcionados en las revistas de divulgación científica, creía que su bebé nacería con una gran nariz o con unas orejas enormes. Elena era una mujer morena y esbelta, con una silueta proporcionada. No había ningún motivo para pensar que sus hijos no fueran a ser sanos. En el momento que las madres son bombardeadas por la publicidad de potitos y ropa de bebé con imágenes de bebés tersos, suaves, sonrosados y achuchables, ella solo veía  imágenes tremebundas de un bebé con una cabeza enorme, o con la nariz o las orejas hiperdesarrollados. De nada sirvió la idea de Roberto, su marido, de llevarla al psicólogo.

Cada vez que el este le indicaba que las imágenes que la atormentaban no existían más que en su imaginación, y que la probabilidad de que un bebé saliera con una malformación así era extremadamente baja, ella le argumentaba preguntando que por qué entonces aquellas imágenes no dejaban de inundar su mente, a pesar de que trataba de alejarlas y contravenían toda lógica. El psicólogo no tenía respuesta para aquello. A veces lo que sucede en la oscuridad del subconsciente no tiene sentido más que en la propia mente del que lo padece.

Pero Elena era sin duda tenaz cuando una idea le rondaba, así que se propuso averiguar dónde estaba el origen de sus temores. Preguntó a Micaela, su madre, la abuela del futuro bebé, y la mujer, que ya portaba las arrugas del comienzo de la ancianidad, le hizo saber que sus temores habían sido parecidos antes de que ella naciera. Ella en su imaginación había elaborado la idea de que su bebé nacería con orejas y trompa, como ellos. 

—Pero —le dijo con ternura a la futura madre— naciste tú. Y ya ves que no tienes nada de elefante. 

Y era verdad, porque Elena era realmente una mujer muy guapa. No era solo la proporción de sus formas, era también el color sonrosado de sus mejillas, sus labios perfectamente delineados, unos alegres ojos verdes y su bonita sonrisa. Había tenido muchos pretendientes, pero ella se había quedado con Roberto, que le parecía el más sólido de todos. Porque, bajo la apariencia de mujer inteligente y bella, latía un ser frágil, temeroso e inseguro, quizás a causa de su padre, un hombre fuerte y rudo, que solo sabía imponer su disciplina en casa mediante puñetazos en la mesa y voz iracunda. Elena había tenido tres hermanos, todos ellos habían sido bebés sanos y hermosos, como ella, pero nada podía alejar de su cabeza sus temores. De conversación en conversación, el psicólogo dio con la causa de su obsesión.

Cuando era adolescente, en una terrible discusión con su padre,  que no la dejaría estudiar Bellas Artes, lo que en realidad más le gustaba en la vida, le espetó a su padre:

—Yo me casaré con un hombre diferente a ti. ¡Un hombre sensible!

El padre tampoco se quedó corto:

—Si te casas con un hombre sensible, nunca tendrás hijos, ¡y si los tienes, saldrán mal!

Aquella frase era un ancla en sus recuerdos, y Elena se dio cuenta de ello cuando recordó su historia con Manuel. Era un joven delicado y sensible, que la había amado mucho, y ella también a él, pero lo había descartado después de varios meses de relación. Sencillamente, pensaba que con él no saldría adelante, pues su nada práctica vocación era la escritura.

Poco después llegó Roberto, ingeniero industrial, y decidió consentir en que la sedujera, hasta que acabó lográndolo. Si bien no le amaba, las relaciones que tenía con él eran tan placenteras, que al final la tenacidad de Roberto y la anuencia de su padre la llevaron a casarse con él. Una voz interna le decía, inconscientemente: “con él tendré bebés sanos y fuertes”. 

Mientras tanto, la herida seguía ahí, enterrada en el mismo lugar. Su madre había puesto la tierra, el temor que se había transmitido de madre a hija, y su padre había sembrado en él la semilla con la maldición de unos hijos que no salieran bien, según sus palabras, lo que la imaginación poderosa de Elena había convertido en terribles malformaciones.

Así se fue acercando el día en que iba a dar a luz. El trabajo con el psicólogo había ido desmontando la irracionalidad de la idea que la atormentaba, y la seguridad de Roberto, que estaba convencido de que nada iría mal, la respaldaban, pero sobre todo lo hacían las ecografías que ya permitían ver a un bebé perfectamente normal.

Elena empezaba a tranquilizarse, cuando un día abrió su correo electrónico y encontró un solitario correo de su antiguo pretendiente Manuel, que parecía llamarla con una voz tierna como la que él usaba con ella.

“Léeme solo cuando estés tranquila", decía el asunto del correo. Elena decidió que sus temores pasados habían ido desapareciendo, así que le pareció que sí era un momento oportuno para enfrentarse al correo de su antiguo amante.

“Querida Elena —comenzaba—, te sorprenderá que te escriba después de tanto tiempo. Sé que te has casado con un hombre llamado Roberto. No te preocupes, esta no es la típica carta del antiguo enamorado destinada a sabotear tu relación actual. De hecho, te deseo que todo te vaya bien con él. De algún modo yo no habría sabido hacerte feliz. Sin embargo, me parece importante aclararte algo, porque he sabido que estás embarazada.”

Un cierto sobresalto sacudió a Elena cuando mencionó su embarazo.

“Por descontado, te deseo lo mejor para ti y también para el bebé. Sin embargo, creo necesario comunicarte el resultado de una larga serie de pruebas médicas que me he hecho, que me han tenido muy preocupado hasta ahora. Tengo una bacteria llamada mycoplasma genitalium. Es relativamente rara, pero se transmite por vía sexual. Como da síntomas pasado mucho tiempo después de transmitida, o incluso puede no dar síntomas en años, te recomiendo que acudas a un especialista. Esta bacteria puede provocar partos prematuros en las mujeres o complicaciones en el embarazo.”

El sobresalto sacudió a Elena con fuerza, y sus ojos se abrieron como platos.

“Siento mucho no habértelo podido decir hasta ahora, pero ni yo lo sabía, y me ha parecido honesto que lo sepas. Espero no haberte contagiado y que todo vaya fenomenal con tu bebé. No tienes por qué tener la bacteria, es muy posible que no la tengas, pero no estaría de más que te hicieras alguna prueba.”

“Te guardo un afecto profundo y te deseo lo mejor. Perdóname si involuntariamente te causé algún mal, como este cuya posibilidad espero que descartes pronto.”

“Un abrazo.”

Cuando Elena terminó de leer el mail, casi entró en pánico. Estaba lívida por fuera y por dentro, el temor la agarrotaba la garganta y la boca del estómago. Especialmente se llevaba los brazos al vientre. Estaba ya de seis semanas y media. ¿Podría adelantarse el parto a causa de la bacteria?

Decidió actuar con rapidez, pero sola. No quería decírselo a sus padres, no quería dar a su padre la satisfacción de que pensara que había acertado en algo, tampoco era algo que Roberto fuera a llevar bien, dado que el mal provenía de un antiguo enamorado. No, lo que tenía que hacer tenía que hacerlo ella sola.

Al día siguiente acudió al médico para hacerse la prueba y descartar la bacteria. Su ginecólogo, tan buen profesional como amigo, entendió la situación al momento y Elena se sometió al análisis.  Tras mandarla a su casa, tardó menos de una hora en citarla de nuevo. Ya el hecho de haberla citado, y que no hubiera resuelto el asunto con una llamada, era revelador, así que Elena se dirigió a la consulta como reo llevado al patíbulo. Tras hacerla entrar en su despacho, el doctor Cifuentes le pidió que se sentara:

—Mira, Elena, no quiero andarme con rodeos, pero tampoco quiero que pienses que la situación es la peor, o que no tiene solución. Las pruebas han dado positivo —Elena se estremeció—. Pero —añadió el médico con suavidad—, eso no quiere decir que tu hijo vaya a nacer antes de tiempo, ni que vaya a haber complicaciones. He repasado lo que sabemos de esta bacteria, y  te voy a pautar un tratamiento para evitar que afecte a tu bebé.

A medida que iban pasando días y semanas, Elena descartaba con alivio la posibilidad de un parto prematuro. Pero, pese a la advertencia de su ginecólogo, no pudo evitar ponerse en lo peor. Inició el tratamiento poniendo todo de su parte, pero ese todo no era mucho, su cabeza estaba secuestrada emocionalmente por la posibilidad de que su bebé naciera prematuro, muriera en el parto o tuviera malformaciones.

Su marido la apoyó enormemente durante ese tiempo, se refugió en él para tranquilizar sus temores, relajar su mente y confortar su espíritu, pero no podía evitar ponerse en lo peor. Si el parto saliera mal, no podría refugiarse en nadie, ni siquiera en él. No contaría nunca lo que había pasado a su marido, ni quería darle a su padre la satisfacción de que había acertado, porque había sido Manuel quien le había transmitido aquello, el tipo de hombre que él hubiera rechazado. Todo se quedaría en un secreto de confesión con su ginecólogo. 

Así pasaron las últimas semanas de su embarazo. Cuando llegó el día del parto, Elena estaba cada vez más nerviosa, por supuesto la pusieron la anestesia epidural, y el dolor del parto fue atenuado, pero no así el nerviosismo de la parturienta.  Todo el proceso duró cuatro horas, pero la última hora Elena la vivió en un continuo delirio en que imaginaba dar a luz un bebé con claras malformaciones en las orejas y la nariz, mientras sufría los dolores físicos del parto. Estos, aunque importantes, no lo fueron tanto como los  psicológicos.

Pero al fin dio a luz. El doctor Cifuentes extrajo al bebé, le hizo llorar, cortó el cordón umbilical, lo examinó por arriba y por abajo, y llegó a la conclusión de que era  totalmente normal, salvo por una pequeña característica, que no quiso decir a la agotada madre. Cuando ella lo vio, ya no quiso separarse de él. El contraste entre lo que había imaginado y lo que veía era grande. Tanto le atraía el bebé, tan intensa era la sensación al tocarlo y abrazarlo y tan feliz se sentía que, tras preguntar al médico si tenía algún problema y obtener una negativa, se relajó por fin y olvidó sus temores.

Cuando por fin se serenó la joven madre y se quedó profundamente dormida, el doctor Cifuentes aprovechó el momento y llamó a sus colegas de neurología y psiquiatría.

Mientras Elena dormía, sometieron al bebé durante horas a radiografías, resonancias y otras pruebas. Después de casi una noche en blanco, en la que todas rehusaron irse a casa, llegaron a una conclusión. El doctor Cifuentes los despidió a todos con agradecimiento. Después se fue él también a casa, pero al llegar a ella, no descansó. 

Introdujo en el ordenado el CD en el que habían guardado las imágenes y volvió a apreciar lo que había visto tantas veces, y que le había producido la inquietud inicial. Amplió poco a poco con paciencia la imagen escaneada del cráneo del bebé, la giró hasta que estuvo  a su gusto y allí estaba: el hueso frontal del cráneo, que normalmente se conecta perfectamente con el parietal, formando una semiesfera, en el caso del bebé de Elena, tenía un ligero ensanchamiento en la parte que corresponde a las sienes.

El médico se llevó la mano a la frente como había hecho varias veces esa noche, porque ese era, en efecto, el característico lugar donde se produce un ensanchamiento en el cráneo de los elefantes, bajo el cual se sitúan los ojos del animal.

Tras la consulta a los neurólogos, estos le aclararon que el cerebro era también anormalmente grande, y la causa solo podía ser la bacteria que la madre portaba.

Sin embargo, y por una sorprendente e inesperada carambola genética, tras algunas pruebas a las que habían sometido al bebé, este presentaba un desarrollo cognitivo anormalmente avanzado. El médico se quedó mirando de nuevo la pantalla. Confirmando los temores de su madre, el bebé de Elena era diferente.

Portaba una mutación que lo hacía, simple y llanamente, superior.


© Pedro Alcoba González 2022.